Historia y Jurisprudencia

Sin el ánimo de entrar a la discusión de comparaciones históricas planteando tecnicismos jurídicos, mostraré una faceta de la ciencia del Derecho que tiene contacto con la moralidad de México, reflejada en una época o momentos determinados.

Al analizar la perspectiva histórica de las ciencias sociales como la que se ha mencionado, podemos establecer parámetros de comparación que nos permitirán tomar distancia, con actitud crítica, tanto del tiempo referido como del que somos contemporáneos.

La historia del Derecho o, desde otro ángulo, el que recuerde el pasado de éste, como actividad individual y colectiva no atribuible exclusivamente a alguna institución o facultad universitarias, así como tampoco solo abarcable por quienes lo estudian y ejercen profesionalmente, tiene y puede sostener no solo el criterio de comparación sino que éste se constituye en el medio de la defensa del momento presente a través de los valores vistos en su cambio, pero, sobre todo, en su posible continuidad de acuerdo a las circunstancias.

Voy a poner una serie imágenes que fueron tomadas de un libro del área de Derecho Procesal Penal, concretamente el anterior Código Federal de Procedimientos Penales comentado por el profesor de la UNAM Marco Antonio Díaz de León. Antes he de confesar que se referirán a una parte del libro que los doctos no pudieran, tal vez, considerar esencial sino accesorio, ya que las tesis se pueden ubicar directamente en el Semanario Judicial de la Federación, en la página web de la Suprema Corte o en las ya tradicionales compilaciones digitales.

En la siguiente imagen aparece una jurisprudencia (obligatoria en su momento para el Poder Judicial) y una tesis aislada, ambas tratan el tema del adulterio.

Dejo un vínculo a otra imagen que trata el mismo tema: https://uninquiridor.files.wordpress.com/2021/08/adulterio-2.jpg

Lo que socialmente reflejan las tesis es, entre otras cosas, la protección que hace algunos años se pretendía dar a la institución del matrimonio. Aquí se comenta uno de los elementos de la descripción legal del delito que atenta contra él, aludiendo a la afectación social que compromete la imagen personal de los cónyuges. Tal vez, esto sea la oportunidad de preguntarnos si la familia requiere seguirse sosteniendo de la institución del matrimonio, o si ésta debe de seguirse defendiendo en términos de fidelidad entre los cónyuges, además, de la supresión del significado original del término dada la ideología de género que, lamentablemente, sigue permeando en varios países de Occidente. Si no existe el adulterio como delito ¿significa que la sanción no es requerida por la sociedad?, ¿será solo una exigencia interindividual la fidelidad?, ¿debe de ser competencia del gobierno regular las relaciones que se producen con el matrimonio? Son solo algunas preguntas.

Ahora paso a un tema similar:

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Libertad supuesta, libertad diferida.

En México – La ausencia de un sano debate, dado el pretexto de obviedad de las temáticas “progresistas” supuesto por los grupos que se están empoderando, causará la aparición de un mesianismo que será igual o más peligroso que la actitud autoritaria mostrada por quienes, por lo pronto, pretenden controlar el espacio de intermediación pública y política.

Varios temas relacionados con el ejercicio de los derechos humanos se han estado destacando últimamente, desde hace ya algunos años y en distintas partes del mundo.

No es tanto la concepción de los derechos como tales lo que está llamando la atención, es decir, no nos referimos al cambio de paradigma de los derechos fundamentales que se reconocen en la mayor parte de las constituciones de los países occidentales, sino a la puesta en práctica de lo que aparentemente ya tiene una teoría establecida.

Pero esto, lejos de ser cierto es, siendo dialécticos, el inicio del cambio de la percepción y fundamentación de los derechos tal y como los conocemos, en bloque, en el mundo occidental.

A la mayor parte de nosotros no nos incomoda hablar de derechos constitucionales, derechos humanos, sociales o, como en determinadas etapas se les denominó: “garantías individuales y sociales”. El problema no es hablar de lo que cada uno, en su respectivo grado de instrucción, ha visto voluntariamente a fuerzas: derecho a la propiedad privada, propiedad comunal, propiedad social, libertad de asociación, de reunión, de pensamiento, de religión, de conciencia, de imprenta, derecho a la libre información, a la transparencia y, como si fuera un típico eslogan: “a la rendición de cuentas”, etc., etc.

Planteo un problema a través de un caso: ¿Qué sucedería si un día, como cualquier otro, alguien llamado Teófilo llega al trabajo y se empieza a percatar que lo han tratado de manera injusta con respecto a uno de sus compañeros de trabajo?

No solo extrañeza ante semejante situación, de una vez me adelanto, sino que mostraría descontento y acto seguido preguntaría a quienes hayan tomado las decisiones causantes: ¿Qué pasó? ¿Por qué me han tratado así?

– ———- Sígame con esto:
– Teófilo, llegó a su trabajo, después de un fin de semana que le ha parecido corto y, al checar los pendientes, en el escritorio se encuentra con que el trabajo que debía de haber cumplimentado Dominga ahora se lo han asignado a él. Cuando el buen amigo de Dios le interroga a su jefe Sancho por el aumento de la carga de trabajo, éste le contesta:

– “mejor ni preguntes, bastante tengo yo con ser la conciencia de mi empleador a quien, por cierto, y esto entre tú y yo, se le ocurren nuevas cosas que para, dizque, llegar a anular el poder del patriarcado, reafirmando la necesidad de las mentadas acciones afirmativas ¿Cómo ves? Pero ni me pongas esa cara Teófilo que, simplemente, solo soy otro empleado más y si me prometieron un ascenso, aunque suene fantástico, seguramente me lo darán;… esa nueva sucursal sería como una gran ciudad en la que fuera caballero y rey…, mira Teo, solo serán dos días y nada más.”

– Dominga llegó el día 10 a trabajar, después de pedir licencia, y vio que su escritorio tenía menos carga de trabajo de la que, de hecho, ya estaba acostumbrada después de un fin de semana. Todos la miraban de reojo, ella se pensaba como una gran señora, pero jamás consentiría en que alguien le dijese así, para ella es mejor que le digan el título de su profesión como una marca de poder adquirido derivado, tal vez, de un páter familias de ascendencia romana, pero se figura que su conquista le ha costado.

– Teófilo no quiere quedar mal con su jefe, cree que si hace todo lo que le piden, por fin se irá junto con éste a la sucursal que están construyendo en México.

¡Vaya! Esas empresas procedentes de capitales ideológicos fusionados entre España, Argentina y Estados Unidos como principal accionista. ¡No cabe duda! El futuro de Sancho y Teófilo está en sus propias manos y, el gerente regional Quijano, también está contento con su desempeño. Soñar no cuesta nada ¿verdad?

Esta pequeña narración no es sino uno de tantos casos que, tal vez, usted haya visto por ahí en algún trabajo, lugar de esparcimiento, medio de comunicación, ambiente escolar o cualquier otro de tipo virtual.

No voy a entrar en la discusión concreta de si es justo o no permitir la ausencia de labores bajo el pretexto de marchas, movilizaciones por el día internacional de la mujer, el orgullo gay, los maestros inconformes, los policías protestantes, etc. Ese juego dialéctico es, por lo pronto, innecesario en términos puntuales y exactos.

Lo que más bien quiero señalar es la inercia en el pensamiento que nos están dejando estas aparentes reformas no solo legales, adjetivas o funcionales cuyo objetivo es hacer patente la igualdad de individuos “denominados” hombres, mujeres y demás variantes acuñadas por un colectivo que se abrevia a sí mismo más iniciales con un símbolo “+”, sino que tal dejadez va por la sustantivación de los derechos que, al parecer, tiene en la mira suplir varios de los fundamentos de las democracias llegando, incluso y sin tener las bases suficientes, a cuestionar el sistema económico sin explicitarlo en las fallas, poniéndolo como un “hombre de paja” para justificar cualquier reforma tendiente no a la igualdad ante la ley o a la corrección, en la práctica, de la inequidad sino, más bien, a un franco igualitarismo que va más allá del derecho natural y un sano humanismo que considera al hombre como totalidad individual y en su faceta social necesaria y complementaria.

Lo estático de quienes son meros televidentes pasivos, escuchas inertes y “correctos” ciudadanos en lo político y público, hasta en el todavía ámbito privado, está provocando que muchos no salgan a debatir la inicial y tolerada incomprensión por la sucesión de cambios que, dicho sea de paso, van más allá de las “correcciones” jurídicas y políticas, sino que, todavía más, rayan en la franca imposición de visiones expresivas e identitarias de pequeños grupos.

En la corta experiencia que veo en México, la ausencia de debate por temas como los anteriormente señalados está provocando una especie de aquiescencia tácita y poco racional que obedece tanto a la pereza mental individual como a la cobardía por parte de quienes son los intermediarios de la información temática señalada, aunque no es completamente reprochable este aspecto a estos últimos artífices ya que, en ausencia de una oposición política real tanto el presidente como a la ideología mal llamada “progresista” no tienen, aparentemente, más que plegarse a lo correcto en miras de su propia sobrevivencia por ser vigentes mediáticamente. La relación entre los dos “culpables” mencionados en estas últimas líneas es, por decirlo de algún modo, dialéctica, ambos lo son en mutua complementariedad, pero, lo que no veo tan claro es la resolución sintética de ambos actores, refiriéndome a las personas individualmente consideradas y a las morales intermediarias tal y como ya apunté.

El debate lo veo en otros países: España, Argentina, Chile y Estados Unidos por lo pronto. Los personajes representativos son, a grandes rasgos y por recordar algunos: Agustín Laje, Nicolás Márquez, Javier Milei, Ben Shapiro, Christina Hoff Sommers, Gloria Álvarez, Rocío Monasterio, Axel Kaiser, Lupe Batallán, Roxana Kreimer, entre otros.

Lo que han provocado estos personajes es crear en torno suyo la conciencia de la oposición temática, ajena a la pereza o confort individual y de los medios de comunicación correctamente políticos por propia decisión -rating- o porque, como he dicho antes, no les queda de otra.

Al plantear la necesidad de discutir varios temas como el aborto, la economía liberal, el estatismo, el progresismo, el nacionalismo, la representatividad popular identitaria como el colectivo LGBT, la sororidad, el feminismo, el patriarcado, la igualdad sustantiva y un largo etcétera, el resultado es la concreción y distinción de grupos que se dicen pertenecer e identificarse con una causa, a favor o en contra.

La discusión consciente de los temas provoca un clima ríspido tal y como hemos podido constatar al ver, sin generalizar claro está, las manifestaciones o marchas en las calles en pro de la reivindicación de libertades o derechos; pero es menos peor que la actitud cómoda o callada de quien no quiere meterse en problemas para no salir raspado y con el dedo índice señalándole.

No puedo negar que es incómodo hablar de estos temas en presencia de grupos cuyos miembros no se sabe, a ciencia cierta, qué posiciones políticas tienen para mantenerte en el puesto y constituyan el peligro de perder el trabajo. Pero, a la larga, será más incómodo ver por doquier las reacciones violentas de quienes se van a sentir amenazados ante un nuevo orden que se gestó en su propia cara, de frente, pero, dado el ingrediente “sorpresa”, el mesianismo, que ha visto pasar el cambio de forma voluntaria, será quien los represente bajo la nueva promesa de la plenitud existencial dirigida más a la voluntad, al corazón, que a la razón.

Esto último es el panorama que nos espera si quienes son los artífices e intermediarios ideológicos de lo políticamente correcto suponen un terreno de libertades tratándolas, en el fondo, como un objeto a la mano, ya dado y del cual solo hay que curarse, casi como si se tratará de los colores del semáforo.

El nuevo “mesías” será alguien que represente esa parte no comprendida por la ideología de la corrección, una aparente pequeña fracción que no fue educada con moral liberal e instruida en altos grados escolares y que, por lo tanto, no fue confrontada con ideas creyéndosele dominada de plano; acordémonos de la confianza que un personaje como “Dominga” puede proyectar, pero solo lo hace en un ambiente seguro en donde aquello que sea contrario al interés de sí y del grupo será considerado una expresión del “patriarcado”.

Ya vimos intentos de mesianismo político en varios países, reaccionando contra la ideología comentada, pero no lo hace de forma franca y académica sino que una vez que llega a la cumbre de la pirámide política utiliza la imposición.

Por lo pronto, muchos tenemos que ser como Sancho o como Teófilo, para conservar el puesto debemos de suponer, sin conceder en conciencia, la validez de las cuotas que empoderan a las mujeres, las acciones afirmativas encaminadas a la igualdad sustantiva, la ligera imposición de la ideología de género acompañada con expresiones “artísticas” de representantes del colectivo LGBT, la edición amañada de libros de texto útiles para estudiantes de primaria o secundaria, las apropiaciones colectivas de movimientos cuyo inicio fue lícito y que en su momento reclamó justa atención, la visión unilateral del “aborto” como fin o panacea para condicionar no un debate sino el planteamiento de soluciones realistas en contra de la violencia; podría seguir mencionando temáticas relacionadas, pero creo que ya fue suficiente.

Unos, creyéndose beneficiados por los tiempos que corren, obtienen frutos del poder que van adquiriendo poco a poco tras la conquista de la imposición de la ideología de género, bajo la forma de la corrección política que condiciona el sano debate y termina por acallar la expresión de duda seria, opinión discordante pero fundada, la propuesta alterna o hasta el enojo franco; otros, en cambio, ven pasar el acontecer como si fuesen hojas llevadas por el viento a la sazón del devenir de las estaciones, esperando con calma hasta en tanto “no les afecte”. Ambos suponen que son libres. Se equivocan, solo están difiriendo el ejercicio de la libertad con el pleno uso de la inteligencia y la voluntad, para terminar ejerciendo algo que suponen “libre” y que será más expresión del hígado que del cerebro, más por la búsqueda del confort perdido que por el fundamento existencial propio.

Ni modo.