Cuestionamiento político de las tradiciones

En otra publicación ya había comenzado a interrogar las tradiciones bajo la óptica que aquí se titula. Nada más que ahora no lo haré con relación a las disposiciones constitucionales que rigen al Estado laico, sino a través de la expresión del micropoder.

En primer lugar, debo de aclarar que no estoy de acuerdo en la expresión “todo lo personal es político”, pero, sí lo estoy en la inversa: “todo lo político es personal”. Esto delimita en parte el alcance de la interpretación. Pero no me descargaré de tratar de definir los términos que usaré.

La Política es una ciencia que estudia el fenómeno del poder. Este se distingue por la dominación de una persona sobre otra. Es lo que a grandes rasgos defino por el término para, a partir de él, desprender los dos subtipos: macropolítica y micropolítica. Por la primera entiendo el análisis teórico y fáctico del fenómeno de dominación más general que involucra, por supuesto, al Estado y a la comunidad internacional o, mejor dicho, interestatal. En cambio, la micropolítica estudia, en contraparte, al fenómeno de poder que se da en pequeñas entidades que son comprendidas en escala menor de acuerdo con el tamaño o número de sus agentes y, además, de acuerdo con la importancia que es implícitamente absorbida por las personas o grupos mayores. Lo mayor o menor se analiza por la capacidad de tomar decisiones que afectan a otros, de esta forma quienes afecten a más personas con regularidad y generalidad se podrían considerar estudiados por la macropolítica, independientemente del origen o legitimación del poder que ostentan. Aquí utilizo la palabra dominio en sentido genérico ya que en cada etapa histórica a quienes estaban, y lo siguen estando, sujetos al poder se les ha denominado de distinta manera.

Por eso, hacer un análisis micropolítico de las tradiciones involucra aspectos que son tácitamente regulados por entidades macro, como el gobierno en atención a la Constitución Política, pero que pueden mostrar su propia dinamicidad y peculiaridad.

¿En qué momento una tradición es criticable desde la óptica de la micropolítica?

De una vez contesto, desde aquél en el que la subjetividad de quienes la ejecutan y la piden desborda los límites de los intereses originales a que está llamada su cumplimentación, es decir, la interrogante se plantea a partir de que la influencia de la tradición permea a quienes relativamente están relacionados con ella, pero no son sus destinatarios. Es obvio que hay una relación relativa, es decir, un punto mínimo de contacto que permite tener el pretexto de articular un discurso racional que la critique, de lo contrario, estas líneas serían una opinión barata sin sustento. Sin embargo, el que yo crea que lo tenga no es causa para suponerlo.

Vuelvo a preguntar: ¿por qué criticaría una tradición o las tradiciones, en general?

La clave es en la respuesta a esta otra: ¿En qué me afecta la práctica, o no, de una tradición? Esta interrogante va con relación al contenido del lema al que me adhiero: “Al pensarme, pienso al mundo…”, no pretendo utilizarla para racionalizar mi psique y sus cortos alcances.

En principio, la práctica entre dos o más personas de una tradición o costumbre no tendría por qué ocasionar una crítica ya que, si nos atenemos a los valores de tolerancia para con los otros y que a muchos se nos ha inculcado de forma subyacente en el proceso educativo y, por extensión, en el de socialización, entonces, no estaríamos en condiciones de generar una opinión negativa sin vernos no solo opuestos a tal valor sino a ser juzgados como inadaptados sociales cuestión que, en otro lugar, sí planeo discutir.

Aquí saco a colación el principio de que “lo político sí es personal”, acotándolo a la influencia en el micro ámbito ya mencionado.

Los elementos mínimos de las tradiciones son dos: los destinatarios y quienes las encomiendan. Los primeros son los que una vez reunidas ciertas condiciones se hacen acreedores o deudores de determinadas prestaciones aparentemente consensuadas sobre el contenido de las tradiciones. En cambio, los segundos, son quienes, a través de un proceso de socialización general o específico, pretenden que los primeros acaten el contenido de las prácticas asumidas como tradiciones.

Podemos extraer aun más elementos a partir de los enunciados: 1) contenido abstracto, sin referirlo a determinada persona; 2) contenido concreto que especifica tanto el estatus como los actos y rituales que alguien está llamado a realizar o encomendar; 3) significado previo a la ejecución;
4) significado durante y posterior a la ejecución; 5) líneas de obediencia y de mando para cumplimentarlas; 6) posición de los destinatarios como grupo, distinto a cada uno de los miembros; 7) identidad generada, ya sea grupal o individual; 8) posición asumida frente a otros contenidos intelectuales, artísticos o culturales; 9) grupos considerados como referentes negativos;
10) contenido axiológico; 11) contenido de justificación.  

Es posible que me falten varios datos, pero con esta lista somera estoy en condición de cuestionar el aspecto político de las tradiciones, claro está que más allá de la relación supuesta y simplona que se genera al pensarla solo como entre dos personas.

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Pérdida de la ignominia – segunda parte

¿Qué tiene que ver el cine en todo esto?

Pues bien, en la cultura popular no dejan de presentarse películas que tratan sobre temas policiacos en general, tanto de los que van a los netamente ficticios pasando por los de inspiración en hechos reales, hasta aquellos que son tomados de fuentes directas, caso en el cual algunos los llaman más propiamente “documentales” por ser el material que presentan de tipo testimonial.

Cada uno de los tipos de “muestras” de cine que brevemente he mencionado sin ser, claro está, especialista en este tema en cuanto a su producción, influye en la percepción de los hechos que he estado explicando a lo largo de esta exposición.

1) Las películas que tratan contenidos policiacos de origen ficticio pueden impresionar en el espectador desde dos ópticas. La primera al consistir en una relación aparentemente lineal y unidireccional entre el contenido, sin olvidar los que lo hicieron, y el destinatario. Este logra el efecto deseado por aquellos que invirtieron dinero, tiempo y esfuerzo en la presentación de tal contenido. Uno de los factores de dicho resultado es la idea de posibilidad que tiene al espectador como expectante en la película, es decir, tal idea sugiere que en la realidad es factible la aplicación de parte del contenido que está aprehendiendo de la película, lo cual es un elemento que asegura su consumo final. Digo que es solo parte del contenido policiaco lo que hace pensar en la posibilidad, si se quiere remota, porque si fuera entera posibilidad, entonces, no sería una película ficticia sino otro tipo de producción real y total, un documental o una producción en tiempo con el espectador, como dicen “en tiempo real”.

Otro elemento que extraigo de la permanencia de un espectador en la visión de la película es el fenómeno de la esperanza que se vende al final de su consumo. Tal elemento se conjuga con la posibilidad parcial de la realidad anterior para producir una noción de futuro amigable porque es capaz de reconciliar la razón de la posibilidad como maldad con la emoción de la esperanza que aparenta ser razonable dentro de tal posibilidad. Si la película no terminara más que en decepción, en desunión, en injusticia, su consumo se vería disminuido por no prometer el entretenimiento dramático que se espera en la producción policiaca donde, cabe decir, en realidad ya sabemos qué vamos a consumir, pero, a pesar de eso, vemos tal producción porque nos va a “emocionar” con un contenido que aparentemente es nuevo y aunque los héroes saldrán ganando con la misma historia trillada pero prometedora de que el futuro, si bien no es tan agradable a la vista, no será tan peor.

Este tipo de películas, si solamente consideráramos el lado de su consumo individual, provocan cierta pasividad en el espectador que no es preocupante para una ciudadanización planeada desde el plano estatal. Las noticias policiacas requieren de una toma de conciencia social-nacional donde la ilusión de esperanza por analogía de un espectador individual no es absolutamente importante como para detenerse en su análisis.

En cambio, cuando hablamos de masificación del consumo de películas cuyo tema es el policiaco como lo es, reiterando: la seguridad física, psicológica, jurídica, etc., es necesario agregar aquellas producciones que ponen el índice en contenidos extraterritoriales como el espionaje y que, en la mayoría de las ocasiones pasan desapercibidos, como noticias reales, por quienes estamos sujetos a una cotidianeidad meramente citadina. La masificación de las películas que recalcan estos contenidos resulta un fenómeno distinto del consumo individual donde sus variables pueden ser múltiples en cuanto a su análisis, por lo que solo me centraré en uno de ellos, o sea, en la analogía.

Si la analogía que muestra la película consiste en la asimilación de una parte de la realidad policiaca junto con un componente de esperanza, entonces, es posible que la percepción de tal realidad cambie al imponerse la rutina de ver, aunque sea solo por el pretexto de “entretenerse”, una película tras otra como género comprendido en la serie de gustos que justifica su consumo, lo cual se da cuando tal asimilación es producida por la presión grupal no solo para ver y “disfrutar” de tal o cual contenido sino porque, además, la influencia va más allá al tratarse de la presión por justificar contenidos policiacos no solo presentes sino los que vendrán. Está rutina de asimilación de la esperanza combinada con una serie de contenidos policiacos trágicos en los personajes es manejada con cierta naturalidad no solo por lo que aquí estoy comentado sino porque, a través de un futuro discernimiento básico, el espectador cree estar consciente de que el contenido que consume no es real, es decir, es solo una película. Esta dualidad no aparece sino después de un proceso, si se quiere básico, de racionalización sobre el propio proceder, como se puede observar por quien escribe estas líneas.

Es probable que la rutina de consumo de este tipo de contenidos que juegan con la posibilidad real de las noticias policiacas, disfrazadas de buena imaginación, pueda provocar que la aparente dualidad mencionada se extrapole a contenidos de carácter documental o, mínimo, a películas “inspiradas” en casos reales. De esta forma, la ignominia empieza a menguar por la rutina empleada en la interpretación de contenidos visuales organizados con la etiqueta “película” a través de un proceso de socialización del espectador ante un grupo, primero, de personas que realizan el contenido y ante, después, un conjunto de quienes forman una referencia positiva o negativa grupal que le permite acceder a dichos contenidos a través de un lenguaje y maneras específicas de imponerse a los mismos.

El lenguaje al que el espectador tiene que someterse para ver desde antes, durante y después la película tiene un carácter aleccionador unilateral en el proceso, pero aparenta ser libre en la decisión final de consumirla o no. Este tipo de producto “cultural” pide una forma de ser pensado antes de ser visto, una forma de ser visto antes de estar terminado, una forma de haberlo visto para que, a la postre, pueda ser narrado a quien potencialmente será un espectador. Una muestra de esta sumisión aparentemente voluntaria es cuando una persona le comenta a otra que fue a ver tal o cual película y, al recomendarla, acude a un patrón dizque moral para no contar el final de ella, situación en la que ambos creen que sería deshonesto hablar del final de una película que saben, de antemano, que no es real, sino que aparente serlo.

2) En relación con las películas “inspiradas” en hechos reales o, como lo he venido exponiendo, que tratan sobre temas policiacos, además de los elementos que aparecen en las ficticias, podemos encontrar otra peculiaridad: Es notable que los acontecimientos que son electos objeto-motivo para su realización son concebidos como hechos históricos o altamente probables, donde ambas variantes son supuestas bajo un criterio de interpretación moralizante.

En el caso de los hechos pretéritos es de suponerse que existen dos polos por los cuales se desenvolvió su devenir, explicación satisfactoria para un posible consumidor de cine que no se pregunta por la gradación entre el negro y el blanco con el pretexto de que va a “distraerse”, en donde se le trata de convencer que el “ganador” tiene un discurso justificante que predomina sobre el del “perdedor” en la historia real, mismo supuesto es del que parten quienes llevan dicha historia a la “pantalla grande”. Al cumplirse tales presupuestos, entonces, la película no solo promete algo de información para quien quiere saber un poco más de la vida misma en un elemento cultural inspirada en ella, sino que va por un contenido conocido de antemano no solo por la noticia pretérita solamente sino por el consuelo moral que se va a reforzar con la noción del dato a partir de la versión de quien ha ganado el derecho de interpretar el suceso imponiéndose a través no solo de la escuela, como el gobierno y sus entidades según lo vimos anteriormente, sino a través de un lenguaje cultural que crea hasta la categoría de “cinéfilo”.

Sobre el mismo tenor es difícil concebir una película que dé cuenta de noticias policiacas pretéritas que vaya contra la corriente justificadora del “ganador” en la contienda, a menos de que éste tenga un fin político de redención ante el consumidor cultural. Sin esta salvedad se torna imposible producir sin tener, por lo menos, la mínima anuencia de quien, si está todavía vivo, le permita hablar de él, sobre todo cuando se tratara de un agente cuya importancia sea políticamente relevante.

Los espectadores acuden, reitero, tanto por el dato cultural que aparentemente los justifica para no sentir culpa por el consumo, a pesar de que las películas se anuncian casi de igual manera que las ficticias, pero saben que, al final de cuentas, la actitud de esperanza, ahora de justificación y hasta de posible incertidumbre, ya son resueltas por aceptar el discurso moralizante del contenido. ¿Acaso cree usted que vaya a haber una película de la Segunda Guerra Mundial que pretenda dar cuenta de un proceso de racionalización del Eje como posibilidad alterna al discurso de los Aliados? Aquí es donde debemos no solo de pensar en posibles límites a la libertad de expresión sino, además, a la libertad de consumo de bienes culturales, no tanto por una posible justificación de actos bárbaros sino porque la racionalización derivada de un gusto de consumo, o cinéfilo, podría degenerar no solo en la disminución de la ignominia del hecho policiaco sino, aún peor, en la indiferencia entre el bien y el mal, la justicia y la injusticia. No faltará la humanización de actos francamente reprobables poniendo como pretexto la defensa de la libertad de expresión lo cual, dicho sea de paso, ya está sucediendo con parte de la narco-cultura en las llamadas novelas o series de televisión. Falta un paso para que los neonazis hagan con su propio presupuesto una película en la cual pretendan una adaptación de los ideales hitlerianos con el pretexto no solo de la libertad mencionada sino de causas económico-políticas actuales como la migración y “suelten” los videos mediante técnicas de masificación virtual.

3) En relación con los documentales, podemos apreciar diferencias significativas en la forma en la que se presentan al consumidor, aquí los considero como auténticos testimonios de quienes originalmente tienen que ver con la producción fáctica de las noticias policiacas pretéritas, o bien, ofrecen contenidos basándose en los aportes de investigadores, aunque no sean testigos directos de los acontecimientos.

Este tipo de presentación de contenidos constituyentes como noticias policiacas pretéritas tiene la ventaja de que son ofrecidos por sus productores sin acudir a las clásicas tácticas de venta o distribución como las películas ficticias o inspiradas en historia reales. La información se ofrece casi tal cual, a menos de que existan personas que las utilicen como trampolín mediático para satisfacer objetivos políticos, como es el caso de documentales sobre el cambio climático, casos en los que el nivel de publicidad y de aparente interés es similar a los contenidos de fines preponderantemente comerciales.

Los documentales sirven para aumentar la concienciación de los estudiantes por sí y en referencia grupal, pero, también, son un instrumento para seguir legitimando un discurso de justificación para quien haya “ganado” en un suceso pretérito.

El documental está como dice el refrán “entre la espada y la pared”, por un lado, es posible que sea utilizado por quienes hacen Historia, referidos antes, y, por la otra, es que se presentan en un medio en el que usualmente se proyectan contenidos triviales o inspirados, manejados como artículos de consumo. Esta es la prueba de fuego del documental: no ser tratado como una simple película de acción, como nota policiaca que jamás será noticia. Para el espectador el reto le va más a su propio manejo de su subjetividad, es decir, tiene que hacerse responsable del manejo de la información a pesar de una posible desidia de quienes se la presentan.

El espectador debe de conservar independencia en cuanto a la marea de popularidad que rodea a los temas policiacos para no dejarse llevar por una interpretación simplista que ahogue la incertidumbre característica de la ignominia. También debe ser independencia ante el discurso aleccionador de quien le esté presentando el contenido mismo, ya sea quienes lo hicieron directamente o quienes se lo están presentando como un recurso válido de interpretación del dato, como es el caso de los docentes de la materia de Historia.

El documental tiene que se visto como un recurso a través del cual la ignominia se haga en un primer momento visible, aunque, irremediablemente, el documental-testimonial sea incorporado a la rutina del docente, a la forma de vivir del discente o a la manera de consumir de un espectador que ya está acostumbrado a verlo en cada “muestra internacional de cine”.

En la función doble de intermediación, el documental responde a necesidades académicas concretas que exigen explicación posterior y mayor ahondamiento esencial, sin perderse en detalles banales o explicaciones simplistas que bien podrían originar, como en el caso de Hitler, un culto velado a la personalidad. También, decía, responde el documental a la intermediación productora o resultante de quienes se dedican a cultiva el cine como forma de expresión y que, no por ello, está exenta de crítica externa, aún y cuando su propio círculo lo justifique o lo premie por ello.

Ante lo anterior, pregunto ¿cuál es el meollo de todo este asunto?

Mis observaciones las dirigí básicamente a dos fuentes de referencia de las noticias policiacas: a quienes hacen la Historia y a quienes hacen el cine, sobre todo de tipo documental, recayendo la principal responsabilidad en la interpretación en los destinatarios de sendas actividades y sin dejar fuera de lugar lo comentado a propósito de los medios de comunicación.

Las noticias policiacas presentes deben de indignar cuando están relacionadas directamente con el ejercicio normal de tomar conciencia de sí y del mundo, en condiciones aceptables de diligencia. En cambio, las noticias policiacas pretéritas que son tanto objeto de la Historia como de quienes hacen el cine, también deben de indignar a través de un esfuerzo de concienciación individual y grupal sino de un ejercicio efectivo de la memoria y del recuerdo tanto propio como ajeno, tanto de vivos como de quienes nos precedieron. La ignominia no debe perderse por culpa la mecanización en el estudio de la Historia o por la de la presión social de consumo de las películas ficticias o inspiradas en una historia real.

La ignominia ante los hechos que constituyen noticias policiacas pretéritas se convierte en una ignominia potencial ante el estudio de la Historia. No debe de ser permitido un falso lujo de pasar por alto la noticia para convertirla en un simple dato sujeto a memorización. La Historia como totalidad no se limita a una visión voluntarista de su contenido o a una de tipo maniqueo de “ganadores” o “perdedores” en los acontecimientos, mucho menos limitarse a ser simples datos pretéritos de nombres, fechas y lugares. Al contrario, la Historia como totalidad debe de llamar a la indignación, a la ofensa, a la ignominia como tal, con toda la incertidumbre que conlleva el intento no de control de un proceso de racionalización que la calme sino de un poseerse o enseñorearse de sí mismo junto con la dinamicidad de la esencia vital, es decir, asumirse como alguien que es ya siendo y sido en el presente expectante, como temporalidad y espacialidad que está al tanto de, en la interpretación de Heidegger, la última posibilidad de la imposibilidad, o sea, ante la muerte.

La ignominia basada en la interpretación de un horizonte de significatividad del presente-futuro a través de la noticia policiaca pretérita de cada hecho que constituye y caracteriza a la Historia como totalidad de posibilidad de ignominia, tiende a disminuir por la presión rutinaria de quien pretende transmitirla o instruirla a través de las formas propias de la manifestación artística. Por ello debemos de estar en guardia constante ante los intentos de imposición unilateral de un horizonte de significación y de supuesta re-interpretación de los contenidos noticiosos pretéritos, aunque es normal “de hecho” que el Uno siga un curso inercial, pero, si se quiere, también lo es además que “de derecho” existan personas que reclamen para sí su propia cosmovisión y manejo, nunca acabado, de la incertidumbre que el hecho pretérito conlleva en su ignominia posible de ser aplicado en la posteridad.

Si disminuye la ignominia, entonces, debemos de buscar el camino para mantenerla a través de la transparencia del contenido noticioso, a través de la captura del mal tal cual es, sin artificios, sin maquillaje que lo encubra bajo la falsa esperanza, bajo un futuro controlable que refleja, en realidad, el miedo a no descubrirse a sí mismo como alguien indeseable por alcahuete, o como quien vive en su pequeña burbuja de zona de confort para no sentir que la vida lo golpea. El buenismo o la pusilanimidad que torna en esperanza lo que debe de provocar, en realidad, sufrimiento debe de ser desterrado del estudio de la Historia y de la utilización del dato de quien lo usa para inspirarse en la formación de una concepción proyectiva del séptimo arte bajo una fachada de aparente conquista de un futuro “prometedor” ensuciando el contenido con la fantasía de alguien que lucha más por su vigencia para verse a sí en una posible cúspide creada en su mente egoísta.

Usted puede ver la película El Pianista y pensar: “¡Vaya! Qué buena película”, inspirada en hechos reales de la Segunda Guerra Mundial, o bien, usted puede leer un libro o un testimonio de un soldado al servicio de las S. S. que, estando en sus cinco sentidos, ante la pregunta expresa dice: “… lo volvería a hacer”.

Si usted acepta el discurso de quien hizo la película y después de verla en la comodidad de su casa o del cine, cambia de tema de conversación con “naturalidad” de una vez le digo que lo felicito, si a pesar de haber llegado a leer este documento, no siente algo de incertidumbre por lo visto y por lo leído, entonces ha sido inmune, de lo cual puede hasta presumir, pero a mí no me vende la idea de humanidad más que como una simple fachada.

Pero, si Ud., es alguien que después de haber visto esa u otras películas y de ver tal o cual testimonio real, nota la incomodidad, la incertidumbre franca, la posibilidad que se allana para conformar una vivencia tal que no quiere repetir, pero que se es incapaz de dejar por completo, salvo por su propia cotidianeidad que le reclama atención inmediata, entonces, ahora sabe a qué me refiero. Ha llegado hasta aquí, en estas breves líneas y ha encontrado al alguien que también se preocupa por la posibilidad de la imposibilidad que surge de un pasado y que espera que otros tomen conciencia de él como si fuese una noticia policiaca actual. Creemos que existe la posibilidad de que la ignominia del pasado se repita, es doblemente humillante cargar con la conciencia de un peso histórico que otros quieren banalizar a través del cine o de la enseñanza de la Historia. Ni usted ni yo queremos morir bajo semejante humillación, y no nos consolamos con haber pensado en simplemente poner “nuestro granito de arena”. La incertidumbre no se puede dominar, esa es su naturaleza. La ignominia pasada no puede desaparecer, ya está escrita, grabada, comunicada.

Ante esto pregunto:

¿Quiénes somos?

¿Acaso somos más humanos por preocuparnos de semejantes asuntos?

¿Qué son los demás cuando ven libros o películas cuyos contenidos no los alteran, no los inmutan?

Después de lo que hemos pasado, como humanidad:
¿Qué estaríamos dispuestos a perder sobre lo ya ganado?

De una vez digo: yo no estoy dispuesto a perder nada.

Nada.