Regresando a los orígenes: Brahms

Cuando era niño tuve la inquietud por tratar de conocer variedad en la música. En aquel entonces no pasaba de escuchar la radio, comprar casetes tratando de atinar a un grupo o cantante que me gustara. Fue una época en la que la suerte era muy caprichosa como para beneficiar a su antojo a los oyentes, usualmente solo lo hacía con indicios como la portada de los álbumes o de las cajitas.

No pasaba de escuchar la música pop, el rock suave en español o en inglés de las estaciones radiofónicas, música común a la que me estaba acostumbrando en mi proceso de socialización. Llegué a escuchar a varios cantantes que ahora recuerdo con náuseas mentales, pero para muchos esa época es digna de nostalgia.

Llegué a escuchar una estación en la que, por excepción, pasaban música instrumental. Ahora le llamo Jazz Rítmico, poco me interesa cómo se le denomine, el chiste era que, por lo menos, había una opción que se escuchaba ligera y agradable a los oídos. Esta música me provocaba hastío cuando la escuchaba, pero era lo menos peor en esa ruta de buscar identidad músical.

Tuve a un amigo a quien le gustaba la música clásica, a cada rato lo veía tararear ciertas melodías que jamás había escuchado. Una vez le pregunté qué era lo que silbaba y me contestó algo así: “el concierto para piano número… de Beethoven…”. Le pregunté que desde cuándo y cómo le hizo para que le gustara esa música, a lo que me contestó que si me interesaba él me podría dar alguna idea sobre cómo meterme en esto de la música de orquesta. Pues bien, luego-luego le pregunté ¿qué tengo que hacer?, simplemente me dijo: escucha a Tschaikovsky (el Lago de los Cisnes, la Bella Durmiente y el Cascanueces) y las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

Después de escuchar las recomendaciones de mi otrora amigo, quedé impregnado de esta música. La traté de cultivar empíricamente, sin saber nada de notas musicales, solo por mi gusto auditivo con ligeros vaivenes, buenas y regulares impresiones y, en muy pocos casos, decepciones y francos arrepentimientos. Todo esto cuando ya tenía alrededor de 20 años.

La decepción que hizo que cometiera una falacia de composición fue la que me marcó para que tuviera cuidado con esta música. Fue Brahms, concretamente la sinfonía número 4, la que me provocó una reflexión sobre lo que estaba haciendo con mi búsqueda musical.

Resulta que me había topado con un disco que recopilaba cierta variedad de este compositor, las choteadas melodías que sorpresivamente sé reconocer por coincidir en recuerdos de figuras de cerámica hasta que, en la última parte, venía una sinfonía tan seria y patética que hacía quedar mal al resto de las obras contenidas en el álbum, digo preguntándome: ¿a quién carajo se le ocurre combinar la sinfonía número 4 con una canción de cuna y una danza húngara?

Cuando ponía el disco de Johannes Brahms era para solo escuchar las melodías amables y hacer un guiño de desaprobación a la sinfonía que quedaba al último. Mi prejuicio fue tan marcado que quedé invitado a no volver a comprar nada de este compositor, o sea, si iba a seguir explorando música, ni loco que intentaría escuchar a Brahms.

Ahora, después de varios años y con el andar de la tecnología que pone a mi alcance un sinfín de piezas, orquestas, directores y, por supuesto, compositores, traté de deshacerme de este prejuicio y confieso que lo he logrado parcialmente.

Cuando he usado Deezer y ahora que utilizo Spotify, hago listas por género, pero, cuando se trata de la música de orquesta me cuido de seleccionar las piezas individuales, es decir, las que no forman parte de otra sino que se muestran completas en sí mismas, de aquellas que precisamente forman parte de otras. En lo personal, se me hace de mal gusto disponerse a la escucha de un adagio, por decir un ejemplo, sin tratar de escuchar el resto de la sinfonía. Me pregunto ¿Esa era la intención original del compositor, que solo se le valorara con una parte de su pieza musical? ¿Acaso el sentido de una sinfonía solo se mide por la pieza más popular o choteada?

Regresando a Brahms, el disco que pongo como imagen de esta publicación comete, a mi juicio, análogo error: el concierto para piano está completo, es posible sentir la totalidad de la obra a la vez que valorar cada pieza como expresión parcial de ella. Pero el disco anuncia tres intermedios, pero solo pone uno; igualmente, como opus 76., anuncia ocho piezas para piano de las cuales solo se encuentran la primera, segunda y la octava. Supongo que si este compositor hubiera querido hacer una obra más corta, digo, en lugar de ocho hubiera puesto solo tres piezas como opus 76. A pesar de lo anterior este disco no está, a mi parecer, tan discordante en la selección de las pistas como el que escuché por primera vez, por lo menos aquí se tentaron el corazón para poner piezas que no alteran la percepción del ánimo bruscamente.

Aquí pongo mis dos listas que están en proceso de formación: la denominada C- Escuchados refiere a obras que son independientes, individuales para escuchar sin referenciarlas necesariamente a otras. En cambio, la lista O – Escuchadas, indica las obras completas que he oído y que me han impresionado como para clasificarlas, poniendo solo la primera pista en señal de que el resto se ubica en el álbum correspondiente.

Piezas independientes.
Obras completas

Álbum recomendado: Francisco Coll: Orchestral Works

Si padece de insomnio, no se preocupe, con este álbum no recuperará el sueño.