La libertad como pretexto

A través de los medios informativos nos podemos dar cuenta de los efectos que en diversos órdenes, tanto por la pandemia del COVID19 como por las medidas decretadas por el gobierno a propósito de su atención, se han generado, y no es para menos dadas las circunstancias inusitadas por las que estamos pasando todos.  

Hoy destaco una de esas facetas la cual no tiene que ver solo con el efecto psicológico aunque, de una vez digo, es uno de sus principales resortes; tampoco lo tiene con el filosófico aunque, al parecer, el tema es claramente abordado por una de sus ramas como la Ética y, de hecho, al constituirse como expresión de queja por su ausencia, pareciera ser digno de esta índole, pero, dada su complejidad no me atrevo a afirmarlo tajantemente, me refiero a la libertad.

Así es, a través de las noticias masificadas ha llegado hasta nosotros la queja de muchas personas que se han reunido en las calles de “x” ciudad de algún país de Europa o de América, por citar genéricamente, en las que se muestra el clamor por la ausencia de la libertad, la cual se traduce en no poder transitar “a gusto” sin necesidad de usar un cubrebocas o mascarilla como originalmente se le conoce.

Ya no se trata de la expresión que reclama “justicia” por la muerte violenta de alguien sino, más bien, de una que utiliza la misma apariencia pero que, en realidad, parecer esconder otra cosa y, de una vez me adelanto, no se trata de un efecto psicológico directamente involucrado que haga pensar, así sin más, en una posible atenuante de responsabilidad legal al ejercerse socialmente como derecho a la manifestación de las propias ideas, no, nada de eso.

He dicho antes, y lo confirmo, que la actitud de frivolidad ante la propia condición individual está causando, entre otras cosas, la disminución en el manejo de la población por parte de la autoridad para, a su vez, controlar el número de contagios por COVID19.  

Si las personas esgrimen “libertad” como principal temática aparentada masivamente, no es porque estén al tanto de su situación filosófico-crítica o axiológica que envuelve el ejercicio de la facultad de elección. Nada más alejado que una toma de conciencia personal e individual de cada uno de los participantes en una manifestación, no solo como las que aquí se han mencionado sino, más bien, de cualquiera que nosotros nos hayamos percatado; suponer lo contrario no solo raya en lo ideal e ingenuo sino en el colmo de lo absurdo.

En efecto, suponer que todas las personas que asisten a una marcha, motivada por una causa y organizada por una minoría, deben de saber íntegramente toda la razón de la motivación, efectos, procesos, etc., es demasiado pedir; si, al menos, hay alguna ligera noción nos podemos dar por bien servidos ante la pregunta genérica de la justificación presencial.

Desde la óptica objetiva y política el fenómeno social de la queja por la ausencia de la libertad indica dos cosas: por un lado, no solo tienen los manifestantes la libertad de expresión para salir a las calles, sino que, además, por la contingencia lo han podido hacer pese a las restricciones y a la plena legitimación de la prohibición o, mejor sea, disminución en potencia del ejercicio de dicha libertad por parte del gobierno debido a la circunstancia. Por otra parte, dicho fenómeno también da cuenta de la falta de compromiso político de quienes conforman la ciudadanía, es decir, la expresión-pretexto dada en las calles, bajo la apariencia de concentración de personas, evidencia que están minusvalorando la situación de riesgo de contagio por sublimar la propia condición, misma que contraría el interés público y, a la vez, muestra que la actividad de quienes son intermediadores en la transmisión de la cultura democrática deja mucho que desear.

Entonces, sin justificar los actos humanos desplegados por personas individuales a pesar de que se unan, bajo un dizque interés común público, con otros que identifican el reclamo de una supuesta libertad conculcada por las autoridades; quienes, además, debieran de estar en los reflectores de la atribución de la responsabilidad son los intermediarios mencionados, o sea, los artífices de comunicar los valores democráticos en una sociedad llámese escuelas, medios de comunicación, centros oficiales de trabajo y, en fin, todos a aquellos que tengan la responsabilidad de fomentar la axiología de la democracia ya sea expresa o tácitamente, es decir, con el cumplimiento de estándares de sociabilidad mínimos a nivel individual pero, sobre todo, colectivo.

La expresión de queja por la ausencia de “libertad” en países en los que sí es posible desarrollarla, de acuerdo con la parte dogmática de su propia Carta Magna, obviamente no indica la ausencia de la autoridad por el respeto de los derechos que la regulen sino, más bien, una cierta indiferencia por el proceso de inculturación del criterio hedónico-narcisista-individual aplicado a la situación colectiva cuya atención reclama el fenómeno de la pandemia.

La minimización de la situación del otro a cambio de una maximización de la propia circunstancia individual en una situación de desventaja de la comunidad si se generalizara tal actitud muestra, una vez más, que muchas personas no son capaces no solo de ponerse moralmente en los zapatos del otro sino, más grave aún, que dicha libertad no es valorada como fenómeno de conquista dada históricamente, lo que deja un posible hueco de poder para quien en su nombre la represente o, peor aún, la suprima.  

¿Quiénes son los cómplices de la sola posibilidad de que esto ocurra?

A parte del gobierno, los ciudadanos individuales y las escuelas ¿Serán los medios de comunicación?


No todo es Covid19

No todo es hablar de la pandemia, parece una obviedad, pero se ha constituido no solo en el tema principal por cuestión de la salud sino, además, por la cotidianeidad con la que ya se está dando. Justo me acordé de una expresión: “la banalidad del mal”. Espero que no lleguemos a este extremo.

Me gusta la Filosofía sobre todo en su parte Ética, pero veo con cierta frustración que muchas personas que están en la mismo posición que yo, como amateur, lo único que hacen son recomendaciones de lecturas para aliviar a quienes sienten pesadumbre por la contingencia o confinamiento debido al coronavirus, en veces ni siquiera eso.

¿En en serio? ¿no podemos producir algo más que simples repeticiones de ideas?

Digo, si nos gusta la Filosofía ¿a poco nos descargamos de la obligación de pensar en lo social a través de la recomendación de lecturas, solo porque somos aficionados?

De una vez contesto: no, no lo creo.

Ni modo, nos gusta la Filosofía, ya nos amolamos…

Si hemos descubierto otro tipo de explicaciones que siendo profundas sirven para dar cuenta del mundo y modificarlo ¿acaso no nos hemos percatado que tal gusto se torna en una necesidad imperiosa?

El que se ha metido por curiosidad a la Filosofía y continuado por gusto por este tipo de conocimiento y, además, ha descubierto la potencialidad de las posturas de ciertos pensadores para cambiar desde una área del saber hasta la historia de la humanidad, tendrá que ser un imbécil si sigue creyendo que es un puro gusto el que lo mantendrá atento a tal actividad intelectual, la idiotez le ha obnubilado para captar el compromiso que ha adquirido con la sociedad y consigo mismo.

El que empezó por gusto, no podrá deshacerse por esa misma razón de la obligación de responder. Llegó con curiosidad, pero, ahora, ya no se podrá ir sin ser tachado de simple falsario.

Tenemos mucho que aportar al pensamiento universal, no digo solamente los filósofos profesionales sino los que no lo somos, pero bien que tenemos el mismo compromiso.