Actuación del gobierno en plena pandemia

El titular del gobierno federal ha defendido la idea del famoso eslogan “combate a la corrupción” como uno de sus principales puntos programáticos que aparentemente le dé unidad e identidad a la gestión del gobierno, en comparación con los regímenes anteriores.

La intención es buena, no cabe duda, el problema es llevarla a los hechos, que se concrete pues.

Uno de los elementos de la democracia contemporánea que puede aminorar la corrupción es la transparencia, junto con la rendición de cuentas, en el ejercicio del presupuesto y, en términos generales, del control de la administración pública.

En relación con esto en la semana se divulgó la nota publicada por Univisión: México contrató 35 millones de vacunas CanSino con empresa inexistente en la cual se dan a conocer irregularidades en la adquisición de las vacunas que dan lugar a pensar en posibles actos de corrupción.

Aquí es donde las intenciones solo se quedan en la declaración verbal. No solo por este caso sino por la ausencia de información en varios rubros que enrarecen el actuar del gobierno.

Ante este panorama uno se pregunta: ¿Qué sigue? ¿Cuánto más vamos a aguantar la situación?

Si la percepción y resultados negativos en seguridad es distinta de la del primer mandatario, a pesar de la toma de control del Ejército en el combate a la delincuencia organizada; ahora, con el problema de la salud que se venía arrastrando tras el desmantelamiento del Seguro Popular, aunado al pésimo manejo de la pandemia y de las condiciones de salud de quienes antes de su aparición ya reclamaban constantemente la atención y ministración de medicamentos, se concreta la necesidad de un cambio en la política tomada por el mismo gobierno.

Ya no es cuestión de posturas y puntos de vista que en cualquier democracia son expresión de la diversidad de ideas, como se muestra tanto la emitida por la opinión pública que suele diferir de la publicada a la cual constantemente le agravan señalamientos del representante del Ejecutivo, sino que dado el contexto de necesidad actual se requiere un cambio de rumbo en, por lo menos, dos rubros indispensables dentro de cualquier política pública: seguridad y salud. Si el gobierno en su faceta ejecutiva y administrativa no es capaz de poder garantizar estos dos aspectos, entonces:

¿Para qué queremos un gobierno así?

Elecciones bipolares

En el próximo mes tendremos en la República Mexicana las llamadas elecciones intermedias, las cuales tienen ciertas características transeúntes más allá de consideraciones jurídico-políticas que les son esenciales.


Las peculiaridades de las elecciones que son, por decirlo de algún modo, novedosas, es que el peso político de su celebración está fincado en expectativas de orden bipolar atendiendo a las consecuencias que se pueden derivar del voto ejercido en las urnas.


Antes de esta situación, inicios del 2020, era prácticamente inexistente el horizonte electoral en el pensamiento que se preocupaba por las condiciones sanitarias. Se consideraba el proceso electoral que se avecinaba para este 2021 con menor preocupación en sí, pues se trataba solo de elecciones intermedias que, por decir lo menos, no representaba gran interés comparándolo con las realizadas en otros periodos. No obstante, la relación entre la forma en la que se ha llevado la pandemia por parte del representante del Ejecutivo, el manejo de la vacunación y escándalos políticos de varios personajes, además de proyectos cuya ejecución deja qué desear, etc., entre otros acontecimientos que invitaban a relacionar, voluntaria o involuntariamente, los fenómenos mencionados con las elecciones han hecho plantear, tanto en uno como en otro bando, que el evento electoral ya mencionado implica dos polos que son irreconciliables y no reductibles en una aparente síntesis, ni liberal y ni de izquierda.

El discurso bipolar dado desde el poder, alimentado por la propaganda de los medios, además del peso del partido oficial -MORENA- en el Congreso y siendo consecuente la respuesta de la aparente oposición, al parecer, ha planteado la necesidad de repensar las elecciones como si se tratase de un factor decisivo para el futuro inmediato y mediato de nuestro país ya que, por la experiencia histórica, comprendemos que lo que se echa a perder en un sexenio, apenas se recupera en tres décadas.

Si el contexto fuera distinto, seguiría sosteniendo que la abstención del voto, que se convierte en un porcentaje menor de legitimación del resultado de las elecciones, generaría un hueco de poder que podría ser llenado por quien, identificándose como auténtica oposición, no juega con las mismas reglas institucionales. Pero, obviamente, estoy equivocado. Quien otrora fue este tipo de “oposición” resulta que nos está gobernando y por eso pregunto de nuevo:


¿Habrá hueco de poder en estas elecciones si se presenta baja participación ciudadana y ante los discursos bipolares?

De una vez respondo: no.

La intensidad de los discursos bipolares es tal que el hueco de poder será llenado sin dejar rastro de ilegitimidad electoral, si lo comparamos con el 2006 aunque éstas hayan sido elecciones presidenciales, pero, dada la polarización actual pareciese que los actuales comicios son de una envergadura similar.

Me aventuro a conjeturar en dos niveles:

1) El nivel federal representado en dos: El Presidente y la Cámara de Diputados, tendrá resultados dispares y de difícil comprensión. El primero seguirá teniendo apoyo popular, con el mismo discurso y estrategias de siempre, eso no va a cambiar, pero será factor para los problemas de índole local o territorial derivados de las elecciones. En cuanto a la Cámara, el voto será fragmentado en su origen, sobre todo por la clase media, si acaso se logrará neutralizar al partido MORENA para que no pueda reformar la Carta Magna a sus anchas.

2) A nivel local: las vicisitudes de quienes son candidatos a las alcaldías serán similares a las de quienes lo sean de diputaciones: el pluripartidismo excesivo derivado del mecanismo nacional confundirá a los electores y obstaculizará el voto útil del nivel federal. Evidente la influencia del crimen organizado ganándose el derecho al sufragio a través del miedo tanto del candidato como del votante. Este tendrá en su cuello la falacia ad Baculum tanto de aquél como del gobierno quien, a través de la propaganda electorera, busca amedrentarlo haciendo uso de la amenaza de quitarle ciertos subsidios o apoyos.

En total, son dos visiones excluyentes junto con partidos políticos pequeños que solo son una cortina de humo. El peligro no son las elecciones, sino lo que viene después: litigios judiciales esperados, discursos políticos inmediatistas que también se esperan, pero, a mediano plazo, más preguntas:

¿Quién tendrá la capacidad de articular un discurso que cubra el resto del sexenio y que, a su vez, sea un factor potencial para las elecciones en el 2024?

¿Acaso será el Presidente de la República el que termine imponiendo el discurso y la oposición, a pesar de obtener ciertas victorias, no tendrá la capacidad de contestarlo?

¿Se quedará todo en esta elección hasta la capacidad de ser “oposición”?

Si la respuesta a esta última pregunta es afirmativa, entonces, confirmaría mi hipótesis: no habrá hueco de poder, la legitimación llegará a corto y mediano plazos a través de los discursos del titular del Ejecutivo.