Entre la soberbia y la superación personal -segunda parte-

No se trata de leer libros de “auto ayuda” o denominados literalmente “superación personal” en las secciones correspondientes. Ya no es necesario esperar que alguien los haya leído como para pensar que, automáticamente, tendrá la preferencia por pensamientos optimistas y distantes de la realidad la cual justifique cambiar, así porque sí, por simple voluntad. No, esta “psicología barata” goza de canales que antes no tenía tan fácilmente, por ejemplo, los medios de comunicación no dejan de promoverla a través de otras seudo ideologías que son accesorias del concepto aquí referido: astrología, tarot, yoga, etc., aún y a pesar de que en sus secciones de noticias muestran la realidad tal cual y, además de que en el ámbito académico se han querido racionalizar las esferas de la emotividad a través del concepto de “inteligencias múltiples”, “competencias”, etc., por lo que el tipo de pensamiento que estoy denunciando se está haciendo bastante común y, dicho sea de paso, esta permeándose bajo otras formas de consciencia (como el marxismo cultural) en los ámbitos que se supone solo a través de la crítica se allegarían a ellas, como los de las universidades o centros de educación superior.

Lo peligroso de esto es juntar estas dos variantes que, por lo pronto, todavía se pueden distinguir: a) la tendencia de pensar la superación personal como una conquista de mérito individual, el cual nos viene desde los cimientos humanistas del capitalismo y reconocido como uno de los pilares del progreso material e ideológico de Occidente y b) la victimización que está usando el neo marxismo al reconvertirse políticamente pasando de la masificación de la praxis encaminada al colectivo obrero, a la masificación individual de la identidad fragmentada posmoderna.  

La auténtica superación personal, sin comillas, va emparejada del proceso de cuestionamiento que se puede identificar en la historia de la Filosofía Occidental, lo cual se puede ilustrar sobre todo a partir del Renacimiento, cuando las propuestas de un nuevo orden político, económico e ideológico van acompañadas de inventos, descubrimientos o aplicaciones del ingenio que permiten inquirir sobre un contexto dado y a partir del cual las cosas se transforman. Todo esto es dado por las transformaciones materiales e ideológicas de personas que, si bien pertenecen a un contexto determinado, tienen la iniciativa para encarar la realidad de su tiempo ateniéndose a sus posibilidades dadas. Esto es independiente de los fracasos ideológicos o técnicos ya que, como podemos atestiguar, el estado de cosas se modificó exigiendo nuevas formas de consciencia colectiva ajustadas a las circunstancias.

Es probable que, más allá de los relatos de fantasía, en la historia de las ideas y de las transformaciones materiales de la humanidad hayan existido soñadores que querían cambiar la realidad de los demás a partir de una visión simplista de sí y del mundo, tal y como aquí denuncio con la expresión entrecomillada “superación personal” o como la suelo calificar cada que me topo con algún ejemplar del ‘Homo sapiens’ que hace gala de ser su heraldo sin saberlo: “psicología barata”. No obstante, cada uno de estos personajes pudo haber sido criticado por osar oponerse a un estado de cosas ya sea por sus contemporáneos o sus posteriores, en nuestra época podría suceder una respuesta similar, pero, sinceramente, no la he encontrado o, tal vez, no he investigado lo suficiente.

El problema con inflar las expectativas a través del concepto que he criticado es que, a mi juicio, es un aspecto que no ha sido criticado lo suficiente porque, repito, es confundido con una versión frívola de la cultura o filosofía populares. No se está viendo la relación que arriba mencioné, es decir, entre los valores que propugna el individual-liberalismo a través de la noción del mérito en la consecución de la independencia material bajo el respeto político de la propiedad privada en un marco de igualdad, lo cual caracteriza a buena parte de las democracias occidentales y, por otra parte, el marxismo renovado y denominado “cultural” que está provocando la victimización masiva de las personas al replantear la historia bajo múltiples interpretaciones que dependen de la medida que le dé el grupo identitario que la examine, lo cual provoca que cada colectivo vea la historia de las ideas y de las transformaciones materiales de acuerdo a su propio parámetro de medición atendiendo a las circunstancias presentes solamente.

Este problema que aquí planteo solo de pasada es para que los especialistas en Filosofía, Política, Antropología, Historia, Derecho, etc., lo examinen más a detalle, lo cual sí está sucediendo, pero, la parte vulgar que estoy denunciando anclada al concepto de soberbia está siendo desatendida de la discusión académica y mediática la que, al parecer, solo atiende a lo inmediatista.

Entiendo que los filósofos, antropólogos, historiadores, etc., estén influidos por la tendencia a considerar los cambios históricos de forma global y, hasta cierto punto, abstracta de tal forma que desatiendan las expresiones ideológicas populares por la consideración de que son elementos mínimos que expresan la individualidad de cada uno, pero, tampoco hay que olvidar que es este último nivel en el que las grandes sistematizaciones del pensamiento se pueden concretar a pesar del sacrificio de los detalles teóricos y prácticos que demanda el lenguaje sencillo y popular.

La muestra de que la sistematización ideológica llega hasta grupos de personas que incluso tienen baja capacidad de abstracción la podemos encontrar, solo por vía de ejemplos, tanto en los obreros comunes de la ex Unión Soviética que terminaron laborando más de 12 horas diarias, tiempo mayor al régimen anterior, en defensa de una nueva forma de vida comunista prometida por Lenin, como en el de los donantes que querían pagar la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas en supuesta defensa de la soberanía y de la patria mexicanas; casos que ilustran la concreción del comunismo de inicios del siglo XX.

La mezcla entre la actitud que defiende la generación de altas expectativas impulsadas por la suposición de la ingenua “superación personal” como característica de una especie de buenismo que no tolera la frustración individual, por la creencia de que hay un supuesto orden cósmico ahistórico que debe de suplir las deficiencias del fracaso individual y, por otra parte, la victimización propagada por el neo marxismo en el que sus objetos son los colectivos identitarios que reclaman un espacio público no sujeto a la racionalidad común sino a la que interpreta la propia, y ajena, historicidad en términos de la apropiación de reivindicaciones hecha según tal interpretación que, de otro modo, no generarían la sustantivación de derechos por sobre el principio de igualdad de las democracias contemporáneas; decía, esta mezcla está generando la problematización académica, pero, sin tomar en consideración la social desde la óptica emotiva.

Sin embargo, a riesgo de ser reiterativo, tenemos que añadir la aparente indiferencia en la observación de la actuación de personas que reflejan la tendencia a considerarse como centro de imputación de logros como si fuesen ejemplares, según las consideraciones precedentes, todo lo cual no es sino el caldo de cultivo para problemáticas sociales que se podrán resolver, pero, con mayor dificultad si se aplaza la discusión académica de los valores y emociones a los que estamos llamados a observar en, todavía, los albores de este siglo. Dicha discusión deberá de ser en torno a lo que deberíamos de entender de forma implícita por el término superación personal discutiendo expresamente qué se entiende por felicidad, autorrealización, necesidad, mérito, logro, éxito, fracaso, mediocridad, igualdad, proporcionalidad, justicia, etc., en vez de contentarse con el supuesto liberal de que las cuestiones como la aquí tratada pertenecen de forma ineludible al ámbito meramente privado.

No obstante, la discusión debe de trastocar los niveles de intermediación social  de los que el ámbito académico es tributario, como son aquellos en los que los universitarios realizan su servicio social comunitario por ejemplo, de tal forma de que la noción de logro personal, de justicia social, de acción afirmativa, igualdad sustantiva, etc., no sean producto de una simple asimilación institucional e impositiva porque la esfera emotiva personal de sus destinatarios no se resolverá sin antes discutir y vivenciar los cambios conceptuales que en muchos ámbitos ni siquiera son propuestos sino que, a final de cuentas, ya son supuestos dados y no sujetos a cuestionamiento lo cual, a mi parecer, es un craso error.

La soberbia unida a una falsa noción de mérito y fincada en logros aparentes y no basados en un horizonte realista, se hace pasar por ejemplar ante grupos de personas que, al haber buscado su identidad, son absorbidos por un sistema originalmente colectivizado que, a la vez, se hace pasar por ser históricamente reivindicativo dirigido al grupo identitario que cree tener derecho al logro de aquella y a sus propios méritos.

Hasta ahora, el conflicto general que esto ha causado está siendo asimilado por los grupos políticos partidistas que defienden, por ejemplo y, por un lado, la igualdad sustantiva para reivindicar los derechos históricamente no reconocidos y, por el otro, la igualdad ante la ley que respalda los logros y los fracasos como originados por el mérito o demérito de las acciones individuales. Los ámbitos académicos están siendo llamados a resolver estas diferencias, pero, al parecer, sin ser puestas suficientemente en discusión, por considerarse que son supuestos ya dados de forma incondicional.

Si el problema es de orden emotivo o actitudinal, los ámbitos institucional y académico no van a poder resolver el problema de la envidia, en su correspondencia a la soberbia auto ejemplar, generado en los círculos populares porque todavía no son atendidos ni siquiera por los medios de comunicación masiva, sin contar los de carácter virtual.

Es necesario que se genere expresamente una propuesta ética que integre las nociones axiológicas básicas de cuáles deben ser las actitudes y comportamientos de los ciudadanos acorde con las finalidades políticas trascendentales de cada país en vista de, por lo menos, la mitad del presente siglo. Asimismo, los ámbitos académicos y los demás intermediarios de la actividad teórica y práctica profesionales deben de impulsar la discusión sobre los estilos de vida en cuanto a su identidad colectiva y personal en vista de su relatividad, aún y cuando éstos sean genéricos al tratarse, dado el caso, de comportamientos genéricamente esperados como, por ejemplo, las vacantes de empleo.

Tarde o temprano tendrán que discutir, pasada la contingencia por el Covid19, la cuestión aquí propuesta. Tal vez lo vayan a discurrir por el lado emotivo o por el práctico y teórico; otros, tal vez empezarán polemizando la desigualdad social a raíz del problema migratorio, la fuga de cerebros, los linchamientos mediáticos o callejeros, etc., varios de estos fenómenos tienen que ver con el aspecto ético-moral de la soberbia y la envidia, pero, también, con las nociones de igualdad ante la ley, la sustantiva, la historicidad propia o inducida, etc., ante lo cual, insisto, debe de haber un horizonte que conjunte todos estos aspectos y haga partícipes tanto a quienes los pueden teorizar como a quienes son sus destinatarios más sencillos.

Fin.

Entre la soberbia y la superación personal

Todos tenemos fines que se pueden clasificar por tiempos e importancia, lo cual no cabe duda. Distinto es apreciar le relación entre la vivencia y la objetividad de dichos tiempos y jerarquías en donde, dicho sea de paso, se pueden hacer observaciones que van desde las de carácter psicológico, como las que indican el grado de madurez, hasta las de tipo sociológico o económico, como cuando se hacen estadísticas comparativas sobre los índices de costos y clientes “prevenidos” en cuanto a las coberturas de seguros.

No obstante, lo que voy a tratar es una derivación temática que tiene que ver sí con el planteamiento de los fines, pero que va más allá de simplemente criticar lo que es una cuestión netamente personal o, si acaso y como apunté, psicológica, la cual no me interesa. Es decir, el que una persona se ponga delante ciertos fines a corto, mediano y largo plazos y si los clasifica de acuerdo con su importancia, no tiene por qué causarme la necesidad de escribir dedicándole ni la más mínima atención, independientemente de que sea exitosa o haya fracasado en su consecución. Si fuese alguien cercano a mi persona, se lo comentaría verbalmente y no a través de un medio de expresión como el que nos ocupa.  

Lo que no se vale es una especie de tendencia, que se puede observar en esa u otras personas, por la cual se ponen como modelo a seguir respecto al cumplimiento de sus objetivos. Aquí la cosa cambia y voy a explicar por qué.

En mi clásico hábito de cuestionar la cotidianeidad, he detectado una especie de moda que está relacionada con cuestiones que se encuadran en lo que se suele llamar “superación personal” en cuanto al planteamiento abstracto de fines como producto socialmente interesante. Me refiero a que si bien nadie se mete con los fines concretos de las personas si lo hacen, en cambio, con la concepción general de su planteamiento en el horizonte de su ejecución o cumplimiento.

Estoy consciente de que estamos en un sistema económico, político y cultural que ha desarrollado históricamente la noción de mérito a partir del rompimiento que el Renacimiento representó con respecto al sistema feudal que imperó en buena parte de la Edad Media. Tampoco se me olvida el aporte de filósofos que resaltan el derecho a la propiedad, la igualdad de la ley, la soberanía popular y demás elementos teóricos que hoy en día son los supuestos básicos de un orden jurídico-político y, hasta cierto punto, moral. Pero es este último ámbito el que debemos de cuestionar dado que en él se aparentan tener buenas intenciones provocando, en realidad, el efecto contrario y más cuando, bajo la apariencia de tolerancia, provoca una fragmentación identitaria a la cual muchos aparentemente se adhieren provocando la masificación de consumo, por contradictorio que suene.

El planteamiento de los fines es socialmente criticable cuando ya no reflejan el mérito por conseguirlos en cuanto a los medios utilizados, es decir, cuando en vez de mostrar tesón lo que hace es reflejar necedad y peor cuando el objetivo es cumplido, entonces, la tendencia se muestra como una justificación de dicha necedad solo porque el fin aparentemente retrotrae a dichos medios su bondad.

Muchos de nosotros hemos escuchado la frase de “querer es poder” o esta otra: “si yo pude, tú también puedes hacerlo” y muchas variantes que transmiten la misma idea la cual, repito, no se observa solamente en una sola persona como si fuesen casos aislados, sino que es una especie de moda pseudo ideológica que precisamente por este motivo pasa desapercibida confundiéndose con un elemento frívolo del pensamiento popular.

Ilustro lo anterior a través de un caso concreto:

Supongamos que una persona llamada Gabriela quiere entrar a la Facultad de Medicina de su localidad. Al hacer el examen de admisión se da cuenta de que estuvo a un punto para obtener el pase. Dicho resultado le hace pensar que estuvo tan cerca de lograrlo reforzándose la idea de que, en efecto, la decisión de estudiar dicha carrera responde perfectamente a su vocación.

Acto seguido, Gabriela comunica a sus amistades que va a intentar de nuevo el examen de admisión cuando se abra el próximo periodo, pero repasará los contenidos que cree que le serán de utilidad para tal propósito.

Al volver a fracasar en su segundo intento, sus amistades la animan a tomar un curso institucional que la prepara para hacer el susodicho examen en el cual, otra vez, obtiene el mismo resultado. A este punto todas sus amistades creen que ella realmente se merece entrar a la universidad y, aparentemente, lo demuestran las dos milésimas de diferencia entre “aceptado” y “no-aceptado”.

Vuelve a tomar hasta dos cursos de preparación al mismo tiempo, sin que el resultado le favorezca. Son décimas la diferencia. Ahora las amistades están divididas, Gabriela piensa que no creen en ella y que, en realidad, no la apoyan como deberían aún y cuando están en la misma carrera que antes las unía como proyecto de vida.

Después de 5 años de insistencia… ¡por fin! Logró lo que tanto anhelaba: entrar a estudiar a la Facultad de Medicina.

Lo primero que hizo cuando vio el favorable resultado fue darlo a conocer a través de sus redes sociales: Facebook, Instagram, Twitter, etc., poniendo la calificación y el mensaje de felicitación institucional emitido masivamente a todos los que obtienen idéntico resultado y, la susodicha agrega, a título personal: “si uno persevera, sin duda que sí se puede”, “gracias a todos los que creyeron en mí”.

Este es uno de tantos ejemplos…

A simple vista, el caso no merece ni ser discutido ¿verdad? Digo, a quien carajos le interesa el pensamiento personal de alguien que se la pasó insistiendo hasta llegar a cumplir con su objetivo, allá ella y los suyos. El problema es que este ejemplo ilustra lo que no es sino una forma de pensar los objetivos y los obstáculos en la vida de un buen número de personas que se piensan tanto como referentes y como referidos a una idea justificativa de dicha insistencia a través del concepto ya mencionado “superación personal”.

Este concepto está sirviendo de pretexto para que muchos impongan una forma de pensar en ciertos objetivos que buscan identidad con los planteados por otros; por eso hay una relación que ya mencioné entre los que refieren la superación como un camino ineludible por quien ya llegó al fin esperado y que, a su vez, invita o, mejor dicho, fuerza a otros a seguirlo, de ahí la frase comentada: “si yo pude, ¿tú por qué no?”

Sé que este problema puede ser analizado desde diversas ópticas, la que aquí resalto es la que tiene que ver con la soberbia para considerarse a sí mismo como ejemplo de un objetivo alcanzado, olvidándose de los obstáculos para enfrentarlo y, lo que me parece peor aún, las probabilidades reales para conseguirlo.

No dudo de que necesitemos psicológicamente de alguien que nos sirva de referencia para poder, mediante el ejemplo, plantear y conseguir ciertos propósitos, pero lo distinto es, a mi juicio, generalizar o construir una especie de ideología alrededor no de las probabilidades y la realidad tal cual se nos muestra junto con la correspondencia de nuestras capacidades, sino a la consecución, cueste lo que cueste, de los objetivos menospreciando a quienes no los siguen o han dejado de hacerlo.

Por eso predico de tal actitud como soberbia, porque disfrazada de seudo ideológica, justifica el envanecimiento por la contemplación de los propios logros despreciando a los que no convienen con ella y poniéndose a sí como referencia cualitativa ante los demás. Repito, si esto fuera una observación basada en una sola persona, estaría haciendo el ridículo por dedicarle estas líneas, al contrario, parece que esta forma de consciencia de los objetivos y de la dichosa “superación” está siendo difundida con independencia de las consideraciones reales económicas, culturales o políticas que forman parte de nuestro contexto.

Continuará…