Música, imágenes y reflexión

He estado descubriendo canales en YouTube relacionados con la música y que, además, tienen la siguiente peculiaridad: contienen una imagen dinámica que simula un lugar real, por lo general una cafetería o el bosque, mezclándose con sonidos del mismo ambiente que evocan.

Hasta se escucha la lluvia de forma tenue.

Algunos tienen la finalidad de promocionar cierta marca o lugar. Más allá de tal objetivo, me parece que el hecho de que muchos de nosotros hemos estado bajo confinamiento debido a la circunstancia sanitaria y laboral, encontramos cierta afinidad con quien muestra en esta red social dicho contenido.

Pero no siempre la música tiene qué ver con la imagen o con la intención de ponerla, ni mucho menos que forzosamente se deba de relacionar con un día específico. Quién así lo da a conocer sabe, con cierta seguridad, la serie de prejuicios que muchos internautas tenemos con relación a estos objetos, algunos de los cuales sí son bastante comunes.

Con los prejuicios mencionados podemos poner música exclusiva para los domingos o viernes, para estudiar en una biblioteca o para pasear por el parque. Con el uso de los audífonos como excluyentes individuales del disfrute musical, los juicios anticipados que menciono solo son los que han venido persistiendo como ideas previamente socializadas e idealizadas como si fueran una jerarquización valorativa necesaria, pero también son cultivados con propósitos comerciales que, siendo lícitos, se ocultan bajo la apariencia de lo deseable en el terreno netamente individual.

Yo mismo he caido en semejante uso: creyéndome que el viernes es un día especial para escuchar Jazz, he cultivado tal hábito cuando, en realidad, sé que esta música la puedo escuchar cuando se me dé mi regalada y soberana gana.

Es obvio que el sentido común y nuestra convivencia con personas cercanas impone la necesidad de escucha a bajo volúmen o, de plano, el uso de audífonos.

Ese sentido común también hace que replanteemos, posiblemente, los prejuicios iniciales. Hay ambientes en los que el Rock o el Metal no son deseables si hablamos de aquellos en los que se requiere tranquilidad para alentar un consumo continuo, por ejemplo.

¿Por qué cuestionar lo que parece sencillo?

¿Acaso no es un desperdicio de tiempo y de capacidad?

Una forma de manipulación consiste, dicho de manera precisa, en hacer pasar una ideología por sencilla y aparentemente cotidiana, de tal manera que el hábito adquirido sea visto como libre en su causa siendo que, en realidad, fue dado desde el exterior con cierta finalidad y no precisamente a través del proceso de socialización que todos asimilamos, creemos, transmitimos o afrontamos conscientemente durante nuestra vida.

Por eso, no constituye un desperdicio de tiempo. Al menos, es lo que creo.

Sería hasta cierto punto contradictorio infravalorar el cuestionamiento de lo cotidiano en lo individual, pero justificar el estudio y la interrogante de quienes quieren normar masivamente el uso de ciertos productos o ideas haciéndolas pasar por decisiones individuales a través de la propaganda, la mercadotecnia, los programas gubernamentales, series de televisión, redes sociales, etc.

Lo cotidiano tiende a disfrazar la paz corrupta sobre todo cuando no existen, si al menos eso creamos, los medios para cuestionar la realidad tal y como nos va.

Es necesario interrogar la realidad en sus diversas facetas, para no favorecer la inercia dañina que se encubre bajo el velo de la comodidad. No es necesario esperar hasta que nos explote porque, cuando suele suceder así, nos damos cuenta de que podíamos haber hecho algo que estaba a nuestro alcance:

Cuestionar.

Escena – Entre la sinceridad y el “amor”

José y Romina estaban afuera, en una pequeña sala de espera, después de haber consultado al médico cirujano.

José
– Entonces…, sí te vas a animar a hacértela (mirando a Romina con cierto temor de que no fuera a retroceder en su decisión de “consentimiento mutuo”.)

Romina
– ¿Por qué dudas, mi amor? hasta parece que tienes más miedo tú que yo, si solo me voy a arreglar la jorobita de la nariz. (Regresándole la mirada para que, en realidad, José no dijera ni pío.)

Saliendo de la clínica habían acordado en acudir a un cita previa a la intervención, pero no se vieron sino hasta la tercer semana, justo afuera de un centro comercial.

José
– ¿Qué paso? entonces ¿el doctor te canceló la semana pasada?

Romina
– Algo se le ha de haber atravesado, por eso me canceló. La verdad, no me acuerdo qué excusa me dijo, pero en la próxima semana ya me van a operar

Lo cierto es que no hubo cancelación de la cita sino que, adrede, no le avisó porque ella quería hacerse algo más que quitarse una “jorobita” en su cara ¡quería tener la cara perfecta!

Llegó la hora de la operación. Juntos, José y Romina en la clínica, checaron unos cuantos papeles burocráticos y, acto seguido, a esperar mínimo cinco horas en la sala. Después, al visitar a “la paciente” en su cama, el doctor les dijo que solo esperaría alrededor de tres horas, después de las cuales el, amablemente, la lleva a su casa y se retira, dejándola en buenas manos: la sirvienta.

Después de siete días, Romina le llama al celular de José para que fuera a ver el momento en que se va a quitar las vendas por primera vez.
Empieza la expectación en la casa. Al llegar él, Romina se coloca frente al espejo grande de su habitación y dice:

  • ¿Ya estás listo?
  • Estamos listos, seguro quedaste que ni mandada a hacer…
  • Esperemos, pero, de una vez te digo: gracias por todo tu apoyo, por darme ánimos para hacerme esta pequeña operación.
  • Siempre te voy a apoyar, mi amor, a cabo que era lo que querías desde que recién nos habíamos hecho novios.
  • Ahí va …

Se empieza a quitar las vendas de la cara, la cual tenía prácticamente cubierta, empezando por la zona frontal dejando entrever ese color entre anaranjado con tintes morados francas huellas de intervención. Al tanto, José empieza a sospechar ¿por qué se ve así su cara, si solo se trataba de la nariz?
Al final, deja toda la cara descubierta y, estando apunto de volverse aponer otros vendajes, Romina le pregunta a su novio:


– ¿Cómo ves?, ¿cómo me veo?, ¿cómo me quedó?, ¿me quedó bien?

José no podía dar crédito a lo que veía: una nariz tan puntiaguda y demasiado respingada, es como si hubiera sido una cirugía a una nariz de plástico previamente operada, ¡pero por un ciego!

– ¿Por qué no dices nada? ¿me quedó mal, verdad?

José, viendo que ella, evidentemente, no notaba tremenda mal-hechura sino que estaba con la ligera esperanza de aprobación, le contestó:

  • Te quedó …
  • Me quedó cómo mi amor, ¿verdad que me quedó bien? – dijo Romina
  • Valió la pena mi amor… valió la pena.

Después de varios días y de continuos halagos para reforzar el gasto de la operación y los posibles problemas del “qué dirán” no solo por la intervención sino también por el resultado, la relación entre José y Romina no llegó a buen término, tres meses más ya era mucho qué decir. Ella empezó a cambiar su conducta siendo indolente con él en lo que, al principio, empezaban a parecer pequeños detalles hasta que, como se dice popularmente, “tronaron”.

Luego de ocurrido este desenlace. Él, mostrándose en la etapa de duelo que, aparentemente, parecía no tener fin, se decía en su fuero interno:

¿Nos dejamos porque no fui sincero con ella sobre su cara?
¿Acaso ella lo notó, su desastre, y se portó indiferente porque no le decía la verdad?
¿Tenía que decirle que su cara estaba mejor que antes de hacerse la operación?
¿Tenía que decirle lo horrible que quedó?
¿Hasta dónde tiene uno que decir la verdad?
Si uno sabe la verdad ¿por qué esperar que otro se la diga?
¿Es necesario tener compasión para no decir la verdad?
¿Será que sobrepasé los límites de la verdad?
¿Hasta dónde debe llegar mi culpa por no decir lo que en realidad pasó?

Ella, en su propio pensar y actuar cotidianos, se reinventó cambiándose de trabajo, de casa y de ciudad. Aceptó que su cirugía había sido un desastre y ya estaba ahorrando para hacerse otra “mejoría”. Entre que aceptaba tal resultado pero, a la vez, lo rechazaba hasta que un día, en una galería de arte, al escuchar la exposición sobre el tema de la belleza, se quedó meditabunda a partir del trayecto a su casa y, sin poder dormir murmuraba:

¿Qué era lo que buscaba al hacerme la operación?
¿Hasta dónde pienso llegar ocultando este desastre?
Si tenía el dinero ¿por qué no fui con un verdadero profesional?
¿Por qué troné con José? ¿Por qué lo utilicé?
¿Acaso me utilizo a mi misma?
¿Qué es la belleza?
¿De dónde creí que tenía que mejorar mi nariz?
¿De dónde tomé mi idea de belleza?
¿Por qué a los hombres no les pasa esto?
¿Cómo voy a vivir con esto?
Ni modo, la esperanza muere al último…

Ya tengo que dormir … .